Antes de nada, para quien no te conozca ¿Quién es Eduardo E. Vardé?
Eduardo, al menos el que pretendo dar a conocer, es un invento de palabras, lenguaje, pura ficción. Un ser que no soy. Que es. Un personaje. Tal vez el menos logrado de mi literatura. Un autor cuyo papel en el campo literario actual no es trascendente, sometido a una labor casi desértica entre las aguas de la escritura, y que, sin embargo, no calma la sed que lo trajo hasta estas hojas, a esta agradecida entrevista con Mara.
Eduardo es yo sin ser de mí más que mi nombre. Lo aprecio. A veces.
Y a la vez ese nombre es otro en los otros: padre, pareja, profesor, un 10 o un 4, una calificación, la continuación de un grado académico o el soporte de un libro, de un poema.
Todos esos somos Eduardo.
Tal vez a este tópico habrá querido referir Girondo (un reconocido poeta argentino del Siglo XX) cuando dijo “panyo” y “posyo”. Uno no es sino es a partir de los otros. Soy lo que los otros ven. En este caso, soy lo que los otros leen. Para eso estamos aquí todos mis Eduardos: lean a Eduardo E. Vardé y descubran ustedes mismos quién soy.
¿Cuál fue el primer libro que leíste o el que recuerdas con más cariño?
En la vida como en el amor lo que se dice siempre es más corto que lo que se quiere decir. Hablar de un libro es dejar fuera a mucho otros, tantos otros, todos los otros, que aquellos que entran son menos relevantes que los de fuera. Es como decir que el primer amor es más amor que el amor que hoy amo. Y eso no es cierto. Todo en su tiempo fue para siempre y hoy es siempre, todavía, de un ayer. Cuando hoy veo una fotografía de la primera mujer que amé, me pregunto, qué hube amado en aquello que amé. Me río, burlonamente, del que fui cuando la amé. Casi con hostilidad, casi con humillación. Ya no soy aquel. Ya no es aquella. Aunque adentro algo haya quedado, ya es carne de otro cuerpo. Más lento, menos reaccionario. Será por esto que no concibo respuesta que me dé tranquilidad. Tal vez porque yo ya no sea el que supe ser. Tal vez porque ya no vea el mundo como entonces. Tal vez porque ya no lea los signos como lo hacía cuando amaba lo que amé. Por eso, como un único libro no hace a la biblioteca, un único amor no hace al amor… ni hace el amor.
Mi primer libro vino adjunto a una golosina. No recuerdo la golosina. Sí el libro. Era la historia de un profesor: El profesor pedante. No había nada de literatura en esas hojas, hojitas de 3 x 4 centímetros. Creo que por eso debe ser más importante pensar en aquellos libros que olvidé que en los que recuerdo. Olvidé Las memorias de mis putas tristes. Olvidé todo Crimen y castigo post asesinato. Olvidé la poesía de Neruda, casi todo lo que El Quijote no tensó sobre la imagen de autor. Olvidé el fraseo de Borges en los cuentos, pero no olvidé su cadencia. Olvidé “Los cachorros”, que leí obligado en la escuela secundaria. Olvidé demasiado como para recordar qué olvidé y, sin embargo, recuerdo casi todo.
Escribes poesía, microficción, cuentos… vamos tenemos un poco de todo ¿Qué es lo que más te gusta escribir de todo ello o lo que más disfrutas?
Disfruto de hacer con las palabras lo que las palabras hacen con nosotros… o nos hacen a nosotros… o hacen en nosotros. Generar problemas a partir del lenguaje, de lo dicho, de lo que no se dice o de lo que no se dice en lo que se dice.
Una microficción acaba, indefectiblemente, en un silencio, un hueco, un espacio en donde quien lee debe completar lo que lee. Ya no sólo por interpretar el texto o por pura hermenéutica, sino por forma. Una microficción te deja bajo el umbral de una casa, frente a una puerta con varias cerraduras y la llave en la mano. Qué hace esa llave, hay que descubrirlo. Tal vez en lugar de abrir la puerta, descubra un pozo o una escalera. Reconocerlo es responsabilidad del lector.
La poesía, al menos la que me interesa leer y escribir, hace (o provoca) algo similar. No son frases ingeniosas o servicio de autoayuda. Por el contrario, son problemas en donde hay que elegir. Qué. No sé. Cómo. Tampoco. Mi responsabilidad autoral acaba cuando suelto botellas al viento con mensajes en blanco. O no tan en blanco. O no tan mensajes.
Es ahí donde disfruto, en la vacilación, en el bascular de las palabras, en la pequeña habitación o pozo o escalera de la duda.
Hablando de poesía, ¿Tienes alguna forma de organizar los versos o algún truco?
Cuando el mago mueve las manos, te mueve el mundo. Eso es una ilusión. La poesía no es un truco, sino un arte. El arte del vacío (semántico) donde las palabras son lo que son y son otra cosa y son algo más. El vacío no es el abismo al que esperan que el equilibrista caiga. Es la cuerda en la que se tejen las palabras: te sostiene mientras te asusta, te amenaza, te sacude.
Ninguna poesía que se digne de ser poema es otra cosa que un código roto donde late el corazón del daño. No importa demasiado la forma que esto adopte: si es prosa, si es verso, si es imagen o sonido. Tiene que haber lo que está más allá.
No hay ilusionismo en la poesía, hay sangre de un corazón abierto que quiere decir lo que sabe pero que no tiene cómo decirlo. No balbucea, se ahoga y bombea. Late como quien quiere hablar bajo el agua. Pero no dice y, sin embargo, habla.
¿Qué te parece importante a la hora de escribir poesía y qué recomiendas a la gente que quiere escribirla?
Que se deje morir. Que se deje nacer. Que se deje amar por el lenguaje. Que se deje penetrar por las frases. Que se deje lastimar por la palabra. Que se deje curar por el decir. Que haga mientras tanto. Que ahora mate. Que ahora nazca. Que ahora vuelva a morir y renacer. Que penetre al lenguaje. Que ame a la frase. Que cure a las palabras. Que mientras tanto haga y deshaga. Que moje con tinta sus cicatrices y luego las apoye sobre una hoja como si fuera un mensaje de otro lugar en un idioma que no conoce. Y que lo deje.
Todo esto se encuentra en la calle. Y en los libros. Y en los abrazos. En las noches. En los poemas. En los malos momentos. En los buenos. Y en los infraordinarios. No hay que saber hacer, hay que ir aprendiendo mientras se siente. No dije que hay que sentir. Dije que uno siente mientras tanto.
Si hoy un amigo me preguntara qué hacer para ser poeta, le diría: viví. La poesía es lo menos importante de lo que importa. Y viene cuando quiere, no cuando vos querés. Parafraseando a Cortázar, no haremos poesía, ella nos hará.
6. También escribes microrrelatos de diferentes géneros ¿Cuál es el que más te cuesta y el que menos? ¿Y las escenas que más te gusta escribir?
Los géneros son sustantivos un tanto vacíos, demasiados estancos. No es para nada relevante que haya un aparato tecnológico si ese aparato no presenta ningún problema en el lenguaje. El lenguaje diferencia a la literatura del cine. Importa, en nuestro caso, qué se escribe, cómo se escribe y qué hueco de sentido deja eso que está escrito. Los géneros son clasificaciones técnicas que se utilizan para organizar bibliotecas o catálogos. A nosotros nos interesa el lenguaje. Retomando la ficción científica, por ejemplo, Bradbury supo bien esto. Como también y tan bien lo hizo Agustina Bazterrica en Cadáver exquisito: el lenguaje prohibido hace que la tensión sobre él mismo sea más importante que lo que está narrando. Ahí hay una cesura (como una cicatriz) entre la forma y el contenido. Esa cesura es la que hay que manchar con tinta.
Dicho esto: todo me cuesta y nada me cuesta. No hay forma de que un texto sea perfecto. Como tampoco hay forma de que haya un lector perfecto. De hecho, ya es imperfecto el código al usar una parte por el todo (como pasa con este masculino con valor de neutro que vengo utilizando desde que aprendí a escribir). Todo me cuesta porque no sé qué va a leer el otro cuando efectivamente lea. Me cuesta matar en una narración. Me cuesta amar en una narración. Me cuesta no jugar con la oralidad en la textura de lo que escribo. Me arranca el alma escribir y dudar. A pesar de esto, me encanta. Soy el ser más feliz del mundo cuando una frase logra su forma y se amalgama en lo que se está narrando. Escribí un cuento en el que el tiempo se detiene justo cuando los protagonistas se van a besar. No dice “se detiene el tiempo”, sino “como si el tiempo se detuviera o detuviese”. Así, con el doble uso del verbo que cualquier corrector competente en comunicación tildaría de redundancia. Pero no lo es, porque en efecto sí, pero en hecho no se detiene jamás el tiempo. El tiempo de la marea de la narración puede estirarse, doblarse, reintegrarse. Conjugar el verbo detener de forma tan que pueda utilizar cualquiera de las dos formas y que utilice, de hecho, ambas formas, no es una redundancia que corte la comunicación, sino evidencia que, durante ese beso, el tiempo se ralentiza, se estira en la propia frase. El tiempo no se detiene, sino que es como si se detuviera… o detuviese.
Me interesa, sobre todo, por si no se ha notado aún, el uso del lenguaje.
Has escrito también cuentos sobre fútbol y con restricciones, algo muy curioso. Cuéntanos un poco qué es ¿cómo funciona escribir así un cuento? ¿Cómo surge la idea?
Perdón por la teoría: toda literatura parte de una restricción retórica o literaria, ya sea el narrador, el tiempo del relato, el género (ja), etc. Hacerlas conscientes es otro juego. Existe un grupo francés, el Oulipo, que hace de las restricciones su faro. Las llama contraintes. Y me interesa porque implican un problema a resolver. Por ejemplo, Perec escribió una novela sin utilizar la letra E, que en francés es la más utilizada. Esa contrainte se llama liponimia (en E). En la traducción al castellano, titulada El secuestro¸ no se utiliza la A. Yo quise ir más allá y escribí un cuento sin verbos y otro sin sustantivos propios. Es un desafío hacer con el lenguaje cosas para lo que no fue creado.
En el caso de los cuentos de fútbol, soy un riquelmista de la vida. Riquelme, el 10 de Boca y del Barcelona, el 8 del Villarreal, hacía poesía con la pelota (perdonen que no diga el balón. Para nosotros la fuerza y la humildad que tiene la palabra pelota es inconmensurable). Donde todos miraban, él veía algo más: un hueco, un hombre, un tiempo. Hay un poema del peruano Mario Montalbetti que lo expone, quizá, mejor[1].
Y siempre intenté jugar al modo riquelmeano.
La palabra y la pelota, las dos formas del amor.
Cruzar el amor, como cruza la franja dorada en la camiseta de Boca, es un placer. Escribir sobre fútbol como si fuera poesía para contar cualquier otra cosa menos lo que pasa en la cancha, en el campo de juego, me apasiona.
En año pasado, durante el Mundial de la FIFA y en paralelo a este, se organizó un certamen de cuentos a partir de consignas restrictivas relacionadas con el fútbol. Escribí veintitrés textos que obtuvieron reconocimiento como uno de los ganadores del Mundial de Cuentos. Aún no publiqué la totalidad del material, pero pronto habrá novedades… espero.
¿Cómo te organizas a la hora de escribir? ¿Tienes alguna manía de escritor?
Manía: escribir.
Organización: entropía.
A modo de ejemplo: una mañana escribí un cuento en el celular (teléfono móvil) mientras viajaba en colectivo urbano (autobús en la ciudad). Ese cuento ganó un premio. En otras oportunidades me pasé semanas, meses, años ideando, boceteando, escribiendo y reescribiendo materiales que nunca salieron de la tumba del procesador de textos.
No hay recetas ni procedimientos que garanticen absolutamente nada. Hay trabajo con el lenguaje, el que al final hace lo que quiere.
¿Tienes un nuevo proyecto de escritura entre manos? ¿Qué nos puedes contar de él?
Siempre. Lo que faltan son editoriales dispuestas a asumir la responsabilidad de transformar las obras de arte que hice en un objeto de venta. Tengo pensado exponer ejemplares únicos en una galería de arte para venderlos de otro modo en el que el arte sea considerado arte y no un objeto de mercancía y ya. Perdonen que expongo mis contradicciones artísticas-comerciales.
Por otro lado, en archivos guardo al menos tres libros de poesía totalmente diferentes entre sí. El primero es minimalista; un texto escrito contrarreloj en media hora: Media hora del mundo, un año. El segundo es una apología del lenguaje: El poema se juzga solo. El tercero es un conjunto de textos sobre la cesura, la cicatriz, la grieta: Las cosas rotas.
Además, el libro de cuentos que hice durante el Mundial: La tercera parte del mundo. Y otro libro de cuentos a partir de contraintes. Además, un libro de aforismos, los que en Argentina no tienen espacio. Si Miguel Ángel Arcas, un editor y aforista talentoso de España, lee esto, quiero darle mi libro.
Y otros proyectos de microficción/microrrelato que hace años guardo.
¿Hacia el futuro? Cuando sienta el deseo de escribir, escribiré. Cuando no, no voy a forzar nada.
Antes de irnos, cuéntanos dónde podemos seguirte en redes sociales para no perdernos nada de tus historias y donde podemos encontrar tus libros y cuentos.
En las redes sociales me pueden encontrar como Eduardo E. Vardé. No olviden la E intermedia, porque existe otro autor con el que compartimos nombre, apellido, pero no cuerpo, que ha publicado una novela. La E nos diferencia.
Los libros físicos pueden conseguirlos, por ahora, en Argentina. Remarco el “por ahora”. Las versiones digitales suelen circular pirateadas o libres por la red. Si alguien siente deseo de leerme, me escribe y vemos cómo puede encontrarse con alguna versión del material.
5 preguntas rápidas:
Color favorito: hoy, ninguno. De niño, el azul Francia o el dorado. Como la camiseta de Boca.
Película favorita: la que me hago cuando me aburro con la que estoy viendo.
Libro que recomiendes: Poesía vertical, de Juarroz.
Género favorito: el lenguaje.
Cliché favorito y uno que odies: yo y yo, el ego.
[1] La teoría del poema de Juan Román Riquelme, disponible en https://revistacaradeperro.com/2020/12/19/mario-montalbetti/.
